La brecha digital se ha convertido en tema de café. Se ha propuesto como causa del “atraso” de determinadas regiones del mundo y el país.Pero antes que causa, la brecha digital es un efecto, una continuidad, ni siquiera la más desgraciada, producida por el capitalismo.
Aclaremos. Cuando decimos brecha digital hablamos de la imposibilidad de acceder a las nuevas tecnologías de la información y la comunicación. La brecha se genera entre esos países que generan tecnología y acceden a ella, y los que quedan excluidos, o limitados a la participación por consumo, aun cuando grandes porciones de la población no pueden acceder por falta de… dinero.
Ahora bien, la gravedad del asunto no estriba en la capacidad o la oportunidad de utilizar una computadora o Internet. La concentración de tecnologías de la comunicación y la información señala veladamente cómo se distribuye el poder.
Así, existen zonas del planeta que no solo no acceden sino que tampoco participan en la toma de decisiones sobre el rumbo de la humanidad.
Es aquí donde se termina la hipótesis tecnoeufórica que propone una mejora de las condiciones de los excluidos con la cercanía de la tecnología.Porque pasan a ser evidentes al menos algunas cosas: que tener la tecnología no implica saber usarla, que no responde a las necesidades básicas del ser humano (alimento, vivienda, salud, educación, socialización), que acceder por consumo beneficia al capital, pero no amplia la participación de las poblaciones y los individuos en la toma de decisiones y en la elaboración de políticas de desarrollo local.
Entonces, aunque parezca redundante enunciarlo, es bueno manifestar que la discusión sobre la brecha digital solo nos desvía la atención de una situación más crítica: la fractura social que le subyace e inunda irremediablemente.
El tamaño de la brecha se mide con parámetros ciegos del tipo “densidad telefónica”, “densidad de computadoras”, “usuarios de Internet”. Esas variables dejan de lado que, al menos en Latinoamérica, hay cuestiones que superan cualquier estadística. Por ejemplo, el hecho de que en determinadas regiones de América Latina y el Caribe los índices de analfabetismo superen el 50 %. O los límites que se imponen en materia de sexo (las mujeres tienen un porcentaje menor de acceso), ubicación geográfica, edad o pertenencia a una etnia.
Los más optimistas postularon en algún momento que la tecnología mejoraría las oportunidades de las minorías excluidas (que son tantas que ya son mayoría), proporcionando herramientas de desarrollo incluso en sus trabajos. Hoy sabemos que la tecnología ha desplazado a grandes grupos que, faltos de capacitación, ingresaron al ya importante índice de desocupados.
Quienes permanecieron por su capacidad en la manipulación de la tecnología se han transformado en esclavos del ritmo de trabajo, que las necesidades de producción le imponen al hombre. Esto también ocurre en el “Primer Mundo”. Una empresa “punto.com”, como Amazon, puso en práctica un sistema de despidos automáticos para los empleados que no alcancen un piso mínimo de productividad.
Así se derrumba la prometida felicidad de la “nueva economía-red”, acompañada del fin del trabajo material.Esta idea
“ignora el fundamento material de todo el proceso productivo y de la propia revolución tecnológica. Sus promotores pierden de vista que para ingresar al universo de las imágenes simuladas hay que construir pantallas de plástico con cables de cobre y chips de silicio. Desconocen que la realidad virtual es un artificio, cuya construcción requiere utilizar aparatosConcebidos, fabricados y operados por individuos.
Estos instrumentos son valores de uso que satisfacen necesidades de los consumidores equiparables con cualquier otro bien elaborado en función de su utilidad social. Se fabrican a partir del trabajo y dependen de la actividad laboral, que continúa siendo tan irreemplazable para la reproducción de la sociedad como para la propia existencia de las computadoras. Los nuevos teóricos de la “economía inmaterial” ignoran estas evidencias y promueven un credo que mixtura la vieja doctrina neoclásica con el último grito del virtualismo posmoderno”.
Quitando ingenuidad a la mirada, Claudio Katz, economista, explica que “esta ‘fosa numérica’ entre beneficiarios y víctimas de la revolución tecnológica no es una ‘consecuencia indeseada’, ni un ‘efecto imprevisto’ del avance informático, sino un típico resultado de esta transformación bajo el capitalismo”.
Por eso, Katz considera incoherente polarizar la discusión en categorías como las de “usuarios conectados” o “usuarios desconectados”. Las cifras que ofrece son abrumadoras: “el 65% de los habitantes del planeta no utilizan corrientemente el teléfono y están totalmente marginados del uso de las nuevas tecnologías. El 15 % de la población mundial localizada en los países ricos acapara el 71% de los teléfonos y sólo en Manhatan existen más líneas telefónicas que en Africa sub-sahariana”.
Hay muchas cosas para desmentir en cuanto a la brecha digital. En principio, está en duda el que exista realmente un nuevo paradigma económico relativo a las nuevas tecnologías, algo así como la "economía-red".Antes, parece una nueva forma que el viejo capitalismo ha encontrado, para reinventarse y recuperar las tasas de ganancias de sus épocas doradas.
Tampoco es posible esperar un cambio milagroso, como lo hace la CEPAL, venido de la mano de las nuevas generaciones.En Latinoamérica y el Caribe los jóvenes crecen en un estado de permanente vulneración de sus derechos básicos a la alimentación, la vivienda, la identidad, la educación y la salud.Seguramente habrá que ayudar a esa esperanza si se espera una materialización futura.
Está claro además, que es absurdo pensar que las tecnologías de la información y la comunicación acortan las fracturas sociales.El hambre no se combate con bandas más anchas, ni con discos rígidos de mayor capacidad.
Un aspecto fundamental que es necesario combatir es el referido a dos términos muy utilizados, pero nunca claramente definidos por sus compulsivos enunciadores; Hablo del “acceso” y la “participación”.
Cuando se habla de acceso, el concepto se limita al consumo. O sea, acceso por consumo (introducido silenciosamente en nuestra constitución en la reforma del ‘94, en el artículo 42).Pero es necesario despojar el término de la idea de propiedad o de derecho sujeto al poder adquisitivo.
Por “acceso” debe entenderse “lanecesidad de maximizar la cobertura mediática con el fin de garantizar que aquellas poblaciones menos favorecidas económicamente también pu(edan) acceder a los medios”.
Sería interesante pensar en centros comunitarios de capacitación y acceso a las nuevas tecnologías. Pero en esto también hay que ir con pie de plomo. Han surgido de la mano de los denominados “filántropos”, de la talla de Negroponte o Soros, programas de computadoras populares, que tienen dudosos objetivos.
Podría sospecharse (mala costumbre se nos ha hecho, pero necesaria) que la intención no es la de acercar las tecnologías por puro gusto de que esas poblaciones marginales se desarrollen, sino la de transformar a las audiencias o navegantes en “públicos” vendibles, o sea en mercancías, segmentadas por nichos de mercado.
No es extraño entonces que el acopio de datos y el robo de bancos de información sobre los individuos sea un delito común en el marco de las nuevas tecnologías. Pensemos en la cantidad de formularios que debemos llenar para tener una casilla de correo electrónico, el acceso a portales de compras, soportes de audio y video. Y pensemos en la cantidad de publicidad que nos llega a nuestros correos, sin que hayamos pedido semejante atención. Hay, sin dudas, un interés expandir las tecnologías para aumentar el alcance de las TIC’s en lugares recónditos que multipliquen la rentabilidad de las corporaciones.
En cuanto a la “participación”, se puede hablar de ella como de “un proyecto político de integrar a los sectores populares como sujetos de las políticas, específicamente las políticas de medios”.
Una de las teorías que distrae la atención que debería haber sobre este asunto es la de la “soberanía del receptor”.Aquí la ciudadanía nuevamente se realiza por medio del consumo.Hay un peligroso concepto de participaciónentendida como manifestación de la opinión sobre los temas de agenda de los medios a través de las nuevas tecnologías digitales (sms, encuestas digitales, entrevistas on line, mails, chat, foros).Así se quita del escenario de las decisiones al público, perdiendo su calidad de participante activo en la toma de decisiones sobre las políticas de comunicación.
La visión no tiene por qué ser apocalíptica.Existen proyectos y aportes elaborados desde un número creciente de movimientos sociales que, con mirada crítica, apuestan a sanar la fractura social y estrechar la brecha, con miras a un verdadero desarrollo.
Algunos de los aspectos sobre los que trabajan son, en primer lugar, el pedido irrenunciable de justicia social y de políticas de desarrollo centradas en el ser humano y no el capital, con la consecuente erradicación de la pobreza. Junto a ello, la necesidad de la justicia de género, el fortalecimiento de la juventud y la niñez, el acceso a la información sanitaria, la alfabetización básica y las tecnologías comunitarias, la protección de derechos como la libertad de expresión, el derecho a la privacidad, el derecho a participar en asuntos públicos, los derechos de los trabajadores, de los pueblos originarios, de la mujer, de los niños, de las personas con discapacidades, en definitiva, el respeto a la multiplicidad y una igualdad real en el ejercicio de los derechos políticos, económicos, sociales y culturales. Para ello es indispensable pensar la información, la cultura y el conocimiento como bienes sociales, no como mercancías. |